COLUMNA POLÍTICA

El mesías de la 57 y los jilgueros del despropósito.
Desde el principio de sus peripecias como secretario de gobierno, le hemos reconocido a Erick Gudiño esa rara mezcla de capacidad, oficio y talante que tanto escasea en los pantanos de la burocracia. Sin embargo, en el sainete del bloqueo de la carretera 57, quedó la sospecha de que la mano izquierda se le quedó atorada en el cajón del escritorio. O al menos, esa es la penosa estampa que nos regaló la grey de comunicadores locales, quienes, en un afán de quedar bien que terminó en despropósito patológico, buscaron enaltecer su figura como el gran salvador y negociador del conflicto. ¿Su brillante estrategia para lograrlo? Menospreciar y pendejear de manera tácita a los representantes del gobierno federal.
No sé, ni me atrevo a asegurar, qué genio de la maquinación de huarache construyó tan “inteligente” narrativa, pero es evidente que pasó de noche por las clases de lógica elemental o de plano tiene su residencia oficial en el reino de Narnia. Ese relato masticado de que el gobierno federal es un ente de incompetencia absoluta ya cae en la monotonía aburrida de un capítulo repetido del Chavo del Ocho y, a estas alturas, el sermón solo cala entre sus propios feligreses. Se les olvida, en su embriaguez de aplausos, que el grueso de la población ya conforma una masa crítica que razona y que se da perfecta cuenta de un detalle hilarante: si bien el plantón ahorcó una vía federal, el pecado original del desmadre emana del propio estado, y muy particularmente, de los tubos rotos de la Comisión Estatal del Agua. Eso, sin contar que hoy en día, nos provoque regocijo o agruras, la narrativa política del país se manufactura a diario desde el mismísimo Palacio Nacional. La falta de cortesía política en estos tiempos de cólera puede provocar una desconocida monumental de la Presidenta; una donde, con la mano en la cintura y en cadena nacional, decrete que, si el país se partió en dos durante más de 24 horas en su carretera más importante, el milagrito fue única y exclusivamente gracias a Querétaro.
Cuando tienes la cañería reventada en tu propia sala, culpar al vecino que pavimentó la calle es la ruta más rápida para terminar ahogándote en tu propio excremento.
“En este congal llamado política, la lealtad es un espejismo y la eficiencia un accidente, pero no hay condena más trágica ni suicidio más seguro que el de un cortesano de provincia escupiéndole al cielo, creyendo que la gravedad no existe.”
Las epopeyas de Martín Arango y la cruzada del chupón.
Por cierto, y hablando de despropósitos monumentales, de verdad no entiendo qué maldita necesidad había de meter al gobernador del estado en una camisa de 11 varas. Lo digo porque el mandatario tuvo que salir, con esa sonrisa tiesa que exige la lealtad institucional, a sostener la burda declaración de Martín Arango de que, a punta de firmas ciudadanas, le va a quitar el registro a MORENA. Aunque muy dentro de su fuero interno el gobernador sepa que se trata de una estupidez de las dimensiones del estadio Corregidora, las sagradas reglas de la grilla le impiden salir a contradecir al presidente estatal de su partido, y no le queda de otra que hacer la de “a lo hecho, pecho”. Y es que resulta, para desgracia de la ignorancia militante, que entre las causales de pérdida de registro enumeradas rigurosamente en el artículo 94 de la Ley General de Partidos Políticos, en ningún inciso está contemplada la revocación institucional por la recopilación de firmas de chamacos chillones. Así que la épica y justiciera cruzada de Arango tendría exactamente los mismos efectos jurídicos que cualquier pataleta cibernética colgada en Change.org o las nobles exigencias de la Asociación Mexicana de Protección al Ornitorrinco; es decir, es un simple y vulgar chupón de hule para que los nenes berrinchudos dejen de dar lata y se entretengan un rato.
Cuando tu dirigente de partido confunde la legislación electoral con un buzón de quejas de secundaria, el único destino del líder del estado es tragar saliva y fingir que el berrinche ajeno es una estrategia de Estado.
“No hay espectáculo más miserable en este circo de vanidades que ver a un político tragándose un sapo vivo y sin masticar, únicamente para evitar que el bufón de su propio partido se quede sin aplausos.”
El Feudo del Campanario y la masturbación de cristal.
Si a usted, querido e incauto lector, todavía no le ha quedado clara la abismal crisis de realidad que se respira en nuestro ilustre estado, basta con echarle un ojo a la faraónica estrategia política —desplegada desde el limbo de los ociosos y orquestada por la santísima trinidad de la irrelevancia— en torno a la “trascendente” e “histórica” elección de la mesa directiva del Feudo del Campanario el pasado 21 de mayo. Tal parece que, dentro de la asfixiante burbuja de cristal cortado donde vegeta nuestra desconectada clase política y sus infaltables jilgueros de la comentocracia, sus diminutas retinas no alcanzan a enfocar un hecho irrefutable: al 99.9% de la población de este terruño le vale tres hectáreas de pura y reverenda madre lo que suceda o deje de suceder tras esas bardas electrificadas. Si la batuta la agarra Juan, Marujita o el mismísimo Pinche Pérez, a don Juan Pueblo le da una soberana y olímpica hueva. Y es perfectamente natural, porque la preocupación de los mortales de a pie no es el chisme del canapé ni la cuota de mantenimiento, sino el milagro semanal de llevar el sustento a su mesa, esquivar las fauces de un sistema diseñado para triturarlo vivo y lograr la hazaña hercúlea de regresar a su casa sano y salvo.
Preocuparse por quién carajos gobierna la cuadra de los millonarios mientras las calles arden es el equivalente a organizar un torneo de bádminton en la cubierta del Titanic.
“No hay ceguera más patética, ni estupidez más refinada, que la del político que confunde el murmullo de su campo de golf con la voz del pueblo, tarde o temprano, la realidad los despierta a tabicazos.”
El oasis de la cordura y el peso específico de Luis Bernardo Nava Guerrero.
En medio del pintoresco manicomio en que se ha convertido la grilla local, donde abundan los merolicos de plazuela y los equilibristas de circo pobre, la militancia de Acción Nacional empieza a mirar con urgente nostalgia hacia la madurez política. Frente a la estridencia de los sospechosos comunes que creen que gobernar es un asunto de acumular simpatías efímeras en internet, la figura de Luis Bernardo Nava Guerrero se levanta con una solidez que ya quisieran sus competidores. Sin necesidad de recurrir a la pirotecnia verbal ni a esos rebuscados inventos posmodernos que tanto encandilan a los improvisados, Nava ha consolidado un liderazgo natural, fincado en la vieja escuela del oficio y la concertación. Los números, esos fríos artefactos que suelen amargarle el café a los soberbios, lo ubican tercamente como uno de los favoritos indiscutibles para suceder a Kuri. Lo verdaderamente notable de su fenómeno es que, mientras la parafernalia ahoga a otros suspirantes en su propia vanidad, él avanza con la serenidad del que conoce el terreno, perfilándose de cara al futuro como un candidato de unidad por aclamación, y no como el plato de lentejas de la resignación.
En una fauna política dominada por el exhibicionismo histriónico, la verdadera estatura de un político se mide por su capacidad de volverse indispensable sin necesidad de gritar.
“En la alta comedia del poder, mientras los bufones se rompen las vestiduras para entretener a la galería, el hombre inteligente se limita a esperar que termine la función; sabe perfectamente que, cuando el ridículo canse, la República siempre llamará al único adulto disponible en la sala.”
Las carambolas de la 4T y la hamaca vacía
A escaso 1 mes de que se desvele el arcano misterio de la candidatura de la 4T al gobierno del estado, el banquete de los suspirantes se ha encogido a solo 2 comensales que se miran feo de un lado al otro de la mesa: Santiago Nieto Castillo por el lado de MORENA y Ricardo Astudillo Suárez empuñando la franquicia del PVEM. Si bien es cierto que, en un principio, todas las veladoras de Astudillo estaban puestas en el incienso de las negociaciones nacionales —terreno donde, dicho sea de paso, lleva franca ventaja por su envidiable cercanía con quienes realmente mueven el pandero—, el hombre cometió la prudente osadía de no tirarse a la hamaca a esperar a que el milagro cayera del cielo. Se puso a caminar y a operar, y hoy, en esas encuestas serias que solo circulan en los búnkeres más pomposos y que al final son las únicas que deciden la vida de los mortales, Ricardo ya logró meterse en la delgada frontera del margen de error frente a Nieto. Un fenómeno que, aquí y en la mismísima China Imperial, se decreta como un empate técnico que a más de un puritano le está quitando el sueño.
Por si este cisma estadístico no bastara, la clase política haría bien en dejar de mirarse el ombligo y voltear a ver lo que ocurre en el vecino estado de San Luis Potosí. En el arte de la política, la caridad nunca es desinteresada y siempre exige recibo de honorarios: la inmensa generosidad que el PVEM ha derrochado en tierras potosinas tiene todas las papeletas para cobrarse como un siglado directo para el Verde en Querétaro. Un trueque de alta escuela donde la factura ya tiene un claro beneficiario en la ventanilla.
Queda demostrado que, en la tragicomedia de las alianzas, a quien madruga, opera el territorio y no se duerme en sus laureles, las dirigencias nacionales le terminan acomodando los astros a su favor.
“En este mercado de vanidades que algunos románticos insisten en llamar democracia, los ilusos rezan para que la suerte los encuentre dormidos; pero los verdaderos estrategas saben que el poder no se hereda en una hamaca, se arrebata caminando la calle y cobrando a tiempo las facturas del vecino.”
Como siempre, la mejor opinión es la suya. Yo solo les pido que no me crean a mí, sino que les crean a sus propios ojos; y si de plano no les gusta lo que aquí se escribe, ¡por favor, no me lean!
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