Opinión y Columnas

COLUMNA POLÍTICA


El arte de registrarse antes del diluvio


En la alta política lugareña, donde la improvisación suele disfrazarse de carisma, la sutil irrupción de Lupita Murguía en la carrera por la Gubernatura o la alcaldía capitalina ha sido recibida por sus adversarios con el desconcierto de quien ve a un ajedrecista profesional sentarse a una mesa de dominó. La llamada dama de platino de Acción Nacional no padece de arrebatos ni de entusiasmos adolescentes; es una estratega de carrera cuya lucidez debería infundir una cautela casi religiosa en los cuarteles de los demás suspirantes. Mientras los caballeros de su partido se reparten el futuro frente al espejo, ella ha preferido estudiar el derecho electoral con la precisión de un cirujano. Sabedora de que Acción Nacional en Querétaro arrastra la singular costumbre de no haber postulado jamás a una mujer para las grandes ligas del estado, Lupita Murguía ha calculado el peso exacto de las acciones afirmativas. Su inscripción en el proceso no es un adorno retórico, sino una jugada de alta escuela jurídica: dar el primer paso para blindarse ante cualquier pirueta de los tribunales, pues bien conoce que las bendiciones de la retroactividad solo cobijan a quienes tuvieron la disciplina de formarse a tiempo en la ventanilla.
“En el juego del poder, la caballerosidad es una virtud que se diluye en cuanto la ley obliga a ceder el asiento a las damas.”


Honras fúnebres para una lealtad de clóset.


En los entresijos más recónditos del panismo queretano se respira hoy el aire denso de una funeraria de pueblo, de esas donde el difunto parece estar extrañamente vivo y los deudos vigilan de reojo que no se vaya a levantar a pedir su parte de la herencia. Entre esta calma chicha y un olorcillo a fétida traición que ya ni los aromatizantes de marca logran disimular, los relatos de los acuerdos en lo oscurito han dejado de ser chismes de café para adquirir el rigor de las verdades evangélicas. Corre la versión, cada vez más verosímil, de que Pancho Domínguez está por aplicar la clásica maniobra del desprendimiento oportuno: retirar el hombro y apagar la palanca que empujaba las aspiraciones de Luis Nava y de Agustín Dorantes rumbo al Palacio de la Corregidora. El sacrificio de estos dos prohombres de la política local no sería un acto de fe, sino un burdo trueque parroquial: entregarlos en bandeja de plata a cambio de asegurar cualquier candidatura, la que sea, con tal de que engorde el futuro de su muchacho consentido. Sin embargo, el arte de la simulación tiene su caducidad; si Pancho Domínguez no envía pronto señales de humo que aclaren su generosidad, el óxido del rumor terminará por corroer su ya gastada capacidad de negociación, confinándolo a ver la fiesta desde la ventana, aislado de las mesas grandes donde los adultos de la política juegan el futuro de los contribuyentes.
“En la alta escuela del pragmatismo, la lealtad es una mercancía perecedera: se vende a los amigos al precio del mercado para poder comprarle un futuro limpio al heredero.”


Manteles largos y cuchillos ocultos.


Para rematar, como este cronista padece la debilidad de comer bien y beber del refino, el pasado viernes coincidí—desde una esquina discreta, pues ni me vieron—en un comedero de postín con la crema y nata de la política local, quienes entraron al privado con el sigilo de un inspector chino. Lo que parecía una inocente tertulia entre el gobernador Kuri, el exgobernador Palacios, su hermano, y el exoficial mayor Mario Ramírez Retolaza, tomo tintes de una asamblea de conspiradores con la llegada de Chepe Guerrero, alcalde de Corregidora, Felifer Macías de Querétaro, y el director de movilidad Gerardo Cuanalo. Los dos primeros ya se ven despachando en la silla estatal y el tercero sueña con la capital. La reunión no fue de amigos, pues faltaron los suspirantes Luis Nava y Agustín Dorantes, además del comisionado político del PAN, Rogelio Vega. Fondo es forma, y cuando los cocineros se encierran a piedra y lodo, es porque el plato principal es alguno de los ausentes.
“En las cenas secretas de la alta política, si no estás sentado a la mesa disfrutando del banquete, es seguro que tú eres el platillo principal.”


Estatutos de plastilina y el triunfo del talento.


Dicen los leguleyos con justa razón que, a confesión de parte, relevo de prueba, una máxima que el presidente estatal del PAN, Martín Arango, ha elevado a la categoría de alta comedia involuntaria. Al defender el nombramiento de Rogelio Vega como comisionado estatal, don Martín admitió con encantador desparpajo que, si bien el elegido no cumple con los aburridos requisitos que dictan los estatutos partidistas, le sobra capacidad para el cargo. El argumento es conmovedor: la ley penalizada por el talento. Desde luego, se respeta el derecho sagrado de cada dirigente a tratar a su partido como si fuera su línea de taxis, disponiendo de las reglas según el humor del día. El único inconveniente es de orden coreográfico: al tomar protesta, el señor presidente juró con la mano sobre el pecho cumplir y hacer cumplir ese mismo reglamento que hoy decidió guardarse en la entrepierna. Habría que averiguar qué opina de esta flexibilidad la militancia de a pie, esa infantería que lleva muchos años sudando la camiseta y esperando una oportunidad en un modesto comité delegacional, sólo para descubrir que el marco legal del partido tiene la consistencia de un chicle masticado.
“El juramento político es como el matrimonio moderno: una hermosa ceremonia diseñada exclusivamente para romperse con elegancia en la primera oportunidad de negocio.”


Alta costura para la izquierda y baja categoría para la envidia


No deja de resultar entrañable, por no decir patético, el súbito arranque de indignación decorativa que ha asaltado a nuestra respetable opinión pública a raíz de las andanzas transatlánticas de Santiago Nieto. Resulta que el hombre cometió el pecado capital de aparecer en Madrid arrastrando un juego de maletas cuyo costo de factura supera el presupuesto de cualquier junta de agua ejidal. La jauría de las redes sociales, compuesta en su mayoría por esa inolvidable clase media que padece de un crónico complejo de riqueza por contagio, de inmediato pegó el grito en el cielo. Son los mismos sociólogos de cafetería que adoran la pureza del indígena que vende chía orgánica, siempre y cuando el buen salvaje no profane la utopía clasista sacando un iPhone del bolsillo. Esa misma estirpe que ahorra durante un año entero para encerrarse tres días en Las Vegas a dilapidar 1,000 dólares en la mesa de blackjack—sintiéndose los legítimos herederos de los Rothschild-, simplemente no tolera que un funcionario de la transformación viaje con algo que no sea una Caja de huevo San Juan, atada con mecate de yute.
Si con esos argumentos de modista de pueblo pretenden descarrilar carreras políticas, la verdad es que la oposición está para llevar la campaña de reelección de la presidencia del Club Campestre y eso .Si su crisis de realidad les da para tan poco, por pura caridad cristiana deberían ir a hojear una revista de modas a Sanborns—sin comprarla, por supuesto, para no alterar sus propios votos de austeridad o poder pedir su arroz con huevo en la fonda de la esquina —, y así por lo menos aprenderían a distinguir una baratija de contrabando chino de un verdadero Rolex. Ya puestos a envidiar el lujo ajeno con un mínimo de categoría, exijan el nivel de un Vacheron Constantin o un Jacob & Co, que para eso sirve el resentimiento refinado. Mientras tanto, da una ternura infinita verlos redactar sus manifiestos de alta costura colgados del Wi-Fi gratuito de Starbucks, Italianni’s o cualquier comedor de franquicia donde el café sabe a calcetín, pero otorga el derecho divino de sentirse aristócrata por dos horas.
“No hay espectáculo más tierno ni más ridículo que el de un burgués de medio pelo defendiendo la sobriedad con un capuchino frío y la envidia hirviendo.”


Como siempre, la mejor opinión es la suya. Yo solo les pido que no me crean a mí, sino que les crean a sus propios ojos; y si de plano no les gusta lo que aquí se escribe, ¡por favor, no me lean!
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